El centro de Madrid

“Que rollo. Madrid siempre tiene obras”. El que dice esto cada vez que sale a la calle no es otro que Daniel, mi hijo de cuatro años. Desde luego, no se lo que diría un borracho, pero en este caso el niño dice la verdad. Hace ya varios años que por circunstancias de la vida me vine a vivir al centro de Madrid. Me vi forzado a cambiar la tranquilidad de un barrio de Alcorcón por el bullicio del centro de la capital. En el fondo era un anhelo que siempre había tenido. Cuando venía al Rastro, a la Gran Vía, cuando un domingo por la mañana paseaba por La Latina. Y aunque nunca pensé que fuera a ser en estas circunstancias, aquí me instalé. Desde que me vine al centro he vivido en tres casas diferentes, y en las dos primeras (en la actual llevo cuatro meses escasos) he sufrido la compulsividad urbanístico-festiva del señor Gallardón. Mejorando el centro de la ciudad, creo que nos comenta a los vecinos y a los madrileños en general. En la primera hube de transitar por estrechas pasarelas para poder acceder a mi portal durante varios meses, en la segunda me transformaron la entrada de la calle en un campo de batalla durante muchos meses más. A todo esto se suma la penosa situación de los que necesitamos el coche y no disponemos de la ingente cantidad de dinero que hace falta para alquilar una plaza de garaje. “Ya lo sabías cuando te ibas al centro” he escuchado una y otra vez. Cierto. Pero no menos cierto es que las limitaciones que tenía para moverme, y sobretodo para aparcar, se fueron incrementando a un ritmo vertiginoso a medida que aumentaba proporcionalmente las ansias de protagonismo de este nuestro regidor. Por no hablar del cirio armado por sus señorías del congreso, que ellos si, se están construyendo un garaje subterráneo, no sea que al salir a la calle se junten con la plebe. Estas obras terminaron por echarme de mi antiguo barrio. No pude más. No obstante me encanta vivir en el centro de Madrid. Pero el centro no está hecho para los vecinos. Han convertido las calles en un estéril escaparate para que los turistas, no ya contemplen y llegado el caso admiren nuestra ciudad, no. Han construido una ciudad para que el turista consuma nuestra urbe. Y así nos va. Y que decir de la Gran Vía. Siempre me ha gustado pasear por la Gran Vía, ya sea escuchando el tránsito y el bullicio, ya sea degustando una canción de Sabina mientras bajo camino de la Plaza de España. Pero ¿Dónde está nuestra Gran Vía? Tengo edad para recordar lo que fue antes de convertirse en un gran centro comercial al aire libre. Aunque siempre lo fue, ahora estamos en una fase de monopolio que por alguna extraña razón hace que me estremezca asemejándolo al mundo impuesto por Global Soft , los dictadores del musical We Will Rock You. Pero ahora se debería llamar Global Zara & co. Aún conserva algo de magia, con gente dispar, algo así como los bohemios del musical, personas que buscan ser outsiders, o lo son por azares del destino, en un mundo globalizado, para mal, y para cada vez peor. Así que cuando Daniel se convierte en mi particular, e inocente bohemio y me rescata de mi particular distopía ciudadana con una buena colleja en forma de frase cierta, me rebelo contra mi mismo, contra el alcalde, contra mi ciudad, esa ciudad que como ya dijo Sabina, “es invisible pero insustituible”.